La fiesta del Inti Raymi
24 de junio
El hombre-dios, como también era considerado el Inca, vestía magníficos ropajes hechos de fibras finas de vicuña, una túnica inmaculada que le caía hasta las rodillas, una banda de tela formando calzón, una capa larga y ancha decorada con motivos geométricos que se anudaba sobre el hombro derecho a fin de dejar libres sus brazos.
Calzaba sandalias de lana blanca, una cinta rodeaba sus piernas debajo de cada rodilla y tobillo, usaba cabello corto y sus orejas se estiraban bajo el peso de enormes discos de oro.
La mascaypacha, símbolo máximo de su poder, era una trenza multicolor enrrollada sobre su frente, de la que pendía el llautu, franja roja con borlas rojas fijadas en pequeños tubos de oro.
Calzaba sandalias de lana blanca, una cinta rodeaba sus piernas debajo de cada rodilla y tobillo, usaba cabello corto y sus orejas se estiraban bajo el peso de enormes discos de oro.
La mascaypacha, símbolo máximo de su poder, era una trenza multicolor enrrollada sobre su frente, de la que pendía el llautu, franja roja con borlas rojas fijadas en pequeños tubos de oro.
Sobre la mascaypacha llevaba un penacho de cuyo extremo superior colgaban tres plumitas negras y blancas del pájaro sagrado curiquinga. El Inca sostenía un largo cetro de oro coronado con plumas, sobre el pecho llevaba un disco de oro que representaba al sol, y a su costado tenía una bolsa bordada para guardar la sagrada hoja de coca.
El Soberano comía y bebía en vajilla de oro y plata, luego de haber ayunado durante tres días consecutivos y en continencia sexual, al igual que los asistentes al Inti Raymi.
De un momento a otro, en medio de un silencio sepulcral, el Inca se ponía de pie y extendiendo los brazos iniciaba una oración en quechua dedicaba al dios Sol, y en un acto de sumisión le prometía obediencia, respeto y adoración, mientras la multitud permanecía en cuclillas y descalza.
Posteriormente el sacerdote principal del Imperio, también con los brazos hacia el cielo, ofrendaba al dios Sol las vísceras arrancadas de una llama negra sacrificada en su honor.
El Soberano comía y bebía en vajilla de oro y plata, luego de haber ayunado durante tres días consecutivos y en continencia sexual, al igual que los asistentes al Inti Raymi.
De un momento a otro, en medio de un silencio sepulcral, el Inca se ponía de pie y extendiendo los brazos iniciaba una oración en quechua dedicaba al dios Sol, y en un acto de sumisión le prometía obediencia, respeto y adoración, mientras la multitud permanecía en cuclillas y descalza.
Posteriormente el sacerdote principal del Imperio, también con los brazos hacia el cielo, ofrendaba al dios Sol las vísceras arrancadas de una llama negra sacrificada en su honor.
La Danza Guerrera Taripakuy
Taripakuy es un vocablo Quechua que traducido quiere decir, encuentro, riña,
en el presente se ejecuta con ocasión de los carnavales o de la fiesta patronal
de Ayaviri el 8 de septiembre de cada año, como parte de la Kajkcha de indudable
jerarquía bucólica, una de las más genuinas danzas.
Señor de los MILAGROS:
En el siglo XVI el español Hernán González, encomendero de Pachacámac (Lurín), adquirió algunos terrenos en Lima. Uno de ellos fue conocido como la Huerta de Pachacamilla, porque era cuidada por indígenas provenientes de Pachacámac. Estos indios, mal cristianizados, adoraban en secreto una imagen de Pachacámac, el antiguo dios de los terremotos, que pintaron en una pared.
Este culto perduró con el paso del tiempo y fue contagiado a los negros esclavos del lugar. En el siglo XVII los indios desaparecieron y los negros angolas reemplazaron la imagen de Pachacámac por una del Cristo crucificado. Se sabe que desde 1650 los negros formaron una cofradía y se reunían para rendir culto a la imagen y le construyeron una ermita.
En 1655, ocurrió un terremoto en Lima, causando pánico en la población. Se destruyó buen número de casas e iglesias. La ermita de Pachacamilla, sufrió el derrumbe de su techo, pero la pared donde estaba la imagen de Cristo crucificado no fue afectada. Esto fue considerado como un milagro.
Por esos años, el negro Antonio León sufría de un tumor que parecía no tener curación. Pero empezó a visitar y suplicar con frecuencia al “Señor de los Milagros” y el tumor fue reduciendo de tamaño hasta desaparecer completamente. La noticia se propagó e hizo aumentar el número de devotos.
En 1671, las autoridades eclesiásticas ordenaron borrar la imagen del Señor de los Milagros por las quejas de algunos vecinos descontentos por las reuniones nocturnas “indecentes” (con música y bailes) que hacían los primeros devotos de raza negra. En setiembre de aquel año dos personas fueron enviadas a borrar la venerada imagen del Cristo Moreno, pero al intentarlo quedaron paralizados. Los devotos murmuraban que era una señal de Dios, que no quería que se borrara la imagen.
Pasaron los años y el culto al Señor de Milagros se propagó a todas las razas y clases sociales del Virreinato del Perú. Entre 1766 y 1771, el virrey Manuel Amat y Juniet construyó la Iglesia de las Nazarenas, adonde hasta hoy acuden miles de fieles católicos, sobre todo en el mes de octubre, para suplicar o agradecer los favores del también llamado Cristo de Pachacamilla, participando en gigantescas procesiones por las calles de Lima.
Señor de los MILAGROS:
En el siglo XVI el español Hernán González, encomendero de Pachacámac (Lurín), adquirió algunos terrenos en Lima. Uno de ellos fue conocido como la Huerta de Pachacamilla, porque era cuidada por indígenas provenientes de Pachacámac. Estos indios, mal cristianizados, adoraban en secreto una imagen de Pachacámac, el antiguo dios de los terremotos, que pintaron en una pared.
Este culto perduró con el paso del tiempo y fue contagiado a los negros esclavos del lugar. En el siglo XVII los indios desaparecieron y los negros angolas reemplazaron la imagen de Pachacámac por una del Cristo crucificado. Se sabe que desde 1650 los negros formaron una cofradía y se reunían para rendir culto a la imagen y le construyeron una ermita.
En 1655, ocurrió un terremoto en Lima, causando pánico en la población. Se destruyó buen número de casas e iglesias. La ermita de Pachacamilla, sufrió el derrumbe de su techo, pero la pared donde estaba la imagen de Cristo crucificado no fue afectada. Esto fue considerado como un milagro.
Por esos años, el negro Antonio León sufría de un tumor que parecía no tener curación. Pero empezó a visitar y suplicar con frecuencia al “Señor de los Milagros” y el tumor fue reduciendo de tamaño hasta desaparecer completamente. La noticia se propagó e hizo aumentar el número de devotos.
En 1671, las autoridades eclesiásticas ordenaron borrar la imagen del Señor de los Milagros por las quejas de algunos vecinos descontentos por las reuniones nocturnas “indecentes” (con música y bailes) que hacían los primeros devotos de raza negra. En setiembre de aquel año dos personas fueron enviadas a borrar la venerada imagen del Cristo Moreno, pero al intentarlo quedaron paralizados. Los devotos murmuraban que era una señal de Dios, que no quería que se borrara la imagen.
Pasaron los años y el culto al Señor de Milagros se propagó a todas las razas y clases sociales del Virreinato del Perú. Entre 1766 y 1771, el virrey Manuel Amat y Juniet construyó la Iglesia de las Nazarenas, adonde hasta hoy acuden miles de fieles católicos, sobre todo en el mes de octubre, para suplicar o agradecer los favores del también llamado Cristo de Pachacamilla, participando en gigantescas procesiones por las calles de Lima.

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